La Habana Colonial
Para aprender del pasado: una Guía de la Habana
Prólogo por Mario Coyula
Tras la fundación de las primeras villas a comienzos del siglo XVI, la población de
la mayor de las Antillas decreció y la isla quedó reducida a un trampolín para la
conquista de Tierra Firme. La privilegiada posición geográfica de La Habana le permitió
recuperar y ganar importancia entre 1580 y 1630 al organizarse el sistema de Flotas,
que usaba su bien protegido puerto como punto final de reunión antes de saltar el
Atlántico llevando a España las riquezas de América.

La población flotante llegó a ser casi tan grande como la que recibía y aprovisionaba
a estos proto-turistas, y la plaza era tan codiciada que se rodeó con el más formidable
anillo de fortalezas en Iberoamérica. El recinto amurallado se fue rellenando siguiendo mas o menos el trazado de Cristóbal de Roda, considerado el primer plan director
de la ciudad, en un proceso que se desarrolló a lo largo de las calles Oficios y
Mercaderes, paralelas al puerto, y alrededor de las plazas de Armas, San Francisco
y Nueva (luego Vieja).
El fenómeno de transculturación en el ambiente construido apareció en Cuba de manera
diferente a otras regiones de América colonizadas por España, donde ya existían culturas
indígenas con alto desarrollo arquitectónico. La influencia de los patrones culturales de los esclavos africanos empleados habitualmente como constructores fue aquí
mas sutil y, en definitiva, tuvo menos peso en la adaptación al clima y a las nuevas
necesidades sociales y económicas.
La arquitectura militar siguió siendo completamente europea, como también los edificios
representativos del poder civil; pero en la arquitectura religiosa y en la vivienda
-sobre todo la de los sectores pobres- apareció mas claramente un componente popular, primero en la mezcla de los códigos barrocos con elementos mudéjares también importados,
y gradualmente en una impronta criolla y mestiza difícil de concretar sin caer en
un lugar común de una cierta gracia sensual tropical. Por otra parte, el mismo origen y la adaptación a las mismas condiciones de un territorio pequeño y relativamente
poco diferenciado determinaron una fuerte unidad en la arquitectura colonial cubana.

El casco en forma de lentilla encerraba una retícula irregular de calles estrellas
y edificaciones bajas y compactas, donde estratos sociales muy compartimentados aparecían
yuxtapuestos y con poca diferenciación en la tipología edilicia. A mediados del siglo XVIII ya ese recinto se encontraba saturado y compactado con plantas altas. El
eje polinuclear doble Oficios-Mercaderes se extendió hasta la plaza de la Catedral
por el Norte y los astilleros por el Sur, y se fueron conformando otros dos ejes
también dobles (una característica de la Habana Vieja) en sentido Este-Oeste: Obispo-O'Reilly
y Muralla-Teniente Rey. Este trazado y esa textura urbana se han mantenido hasta
nuestros días -algo poco frecuente en los centros históricos latinoamericanos- lo
que confiere a ese conjunto de 140 hectáreas tanto o mas importancia que las aproximadamente
900 edificaciones individuales protegidas por su valor monumentario.
Desde finales del XVIII y en la primera mitad del XIX, Cuba, y en especial La Habana,
tuvieron un notable florecimiento con el paso de la economía de factoría (orientada
al autoabastecimiento) a la de la plantación, dirigida a la exportación. Esto se
tradujo en edificaciones mas ricas y perdurables, donde las diferencias de estatus se hicieron
mas evidentes. Los sectores pobres empiezan a asentarse en los barrios de Guadalupe
y Jesús María, al Sur del recinto amurallado; y a lo largo de los ejes que conectaban la ciudad con su fértil entorno rural: la Calzada de Monte, en dirección al Sudoeste,
que se bifurcaba en la esquina de Tejas hacia el Sur con la Calzada de Jesús del
Monte (actualmente 10 de octubre) y hacia el Oeste con la Calzada del Cerro. Esta
última se vinculaba a través de la Calzada de Puentes Grandes con la Calzada Real de
Marianao, para seguir con el camino de Vuelta Abajo que conectaba con la provincia
de Pinar del Río, enlazando una serie de pequeños poblados a la distancia de una
jornada a caballo.
La Calzada del Cerro tuvo mucha relevancia arquitectónica a mediados del siglo XIX,
con la proliferación de lujosas casas-quintas -villas neoclásicas con portales y
jardines- que sustituyeron al palacio barroco con paredes medianeras y patio interior
insertado en la trama compacta de intramuros, un modelo que había tenido su expresión mas
alta a fines del XVIII alrededor de las plazas principales. La nueva tipología del
Cerro se extendió por los barrios del Pilar y Puentes Grandes, y constituyó el habitat
de la sacarocracia y del patriarcado criollo que ya empezaba a diferenciarse y pronto
se opondría al dominio colonial.
El crecimiento económico de la segunda mitad del XVIII se había catalizado con la
breve dominación inglesa, que abrió los ojos de los criollos sobre el freno impuesto
por España al desarrollo. El capital financiero nacional buscó dónde invertir las
ganancias extraídas al azúcar y al tabaco, y comenzaron los repartos o loteamientos de fincas
que pasaban así de rústicas a urbanas, con lo que la ciudad de extramuros se extendió
desde el reparto de Las Murallas hasta la Calzada de Belascoaín.
Alrededor de 1830 se había producido un reordenamiento de la estructura rural habanera,
ya completamente explotada, que se vinculó con la capital a través de una infraestructura
de caminos, calzadas, puentes y finalmente el ferrocarril, establecido en 1837, antes que en España. A mediados de siglo se había concretado una red completa de
exportación de azúcar por el puerto, cuya importancia se apreciaba a simple vista
en los enormes almacenes del Quinto y Santa Isabel en Regla.
En otro plano se produjo una apertura renovadora a la ciencia, la técnica y la gestión,
con la temprana introducción de adelantos y la creación de numerosas instituciones
que estimulaban el progreso: la Sociedad Económica de Amigos del País, que ya en
1794 había importado la primera máquina de vapor, la Junta de Fomento y la Sociedad General
de Crédito Territorial, con antecedentes en la Real Compañía de Comercio de mediados
del siglo XVIII.
Como parte del proceso de compactación y expansión urbana, los sectores acomodados
fueron abandonando el centro, cada vez mas poblado por personas de bajos ingresos.
Este éxodo, apoyado en el desarrollo del transporte, se justificaba en parte por
razones higiénicas -sobre todo después del cólera-, pero además reflejaba la búsqueda de un
estatus social visualizable en un entorno coherente. De esta forma, la segregación
social adquirió una correspondencia en el marco físico, perdiéndole gradualmente
la coexistencia espacial de clases que habían impuesto la compacidad en el antiguo recinto
amurallado.
Los primeros barrios de extramuros de fines del XVIII alrededor del Campo de Marte
(actualmente Parque de la Fraternidad), se fueron sumando las parcelaciones de Peñalver,
San Nicolás, Chávez, La Punta, Monserrate y Dragones, apoyadas por las regulaciones
urbanísticas de 1818 que normaban el trazado de calles rectas. Un año mas tarde comenzaría
a dar servicio un barco vapor, el primero en América Latina.
Los cambios en la imagen urbana no se limitaron a la existencia física de la ciudad
y a la construcción de numerosas construcciones relevantes, sino que incluyeron un
ambicioso programa de calificación de los espacios públicos desarrollado entre 1827
y 1840, donde se destacan el paseo Isabel II (actual paseo del Prado) y el paseo de Tacón
(posteriormente Carlos III y actualmente avenida Salvador Allende). El paseo de Tacón
prolongaba la Calzada de la Reina en un gran eje en dirección Este-Oeste, anticipando los bulevares que mas tarde cortaría Haussmann en París, con la misma intención represiva
que permitía mover rápidamente las tropas del Castillo del Príncipe para sofocar
una eventual rebelión en la capital, y su trazado recto facilitaba el uso del cañón. Todo esto se enmascaraba tras la creación de un marco representativo para paseos
y desfiles. También se introdujo la pavimentación de calles con el sistema Mac Adam
y se construyeron teatros, hoteles, cafés y comercios.
De esa manera, el centro se fue desplazando desde el puerto hasta la zona que hoy
ocupan el paseo del Prado, el Parque Central y el Parque de la Fraternidad, sobrepasando
las murallas que ya eran militarmente obsoletas y comenzarían a demolerse en 1863.
Esta zona de ensanche continuó aumentando en población durante la segunda mitad del
XIX, donde además se produjo un verdadero aluvión de innovaciones urbanas, como el
alumbrado público por gas (1848), el telégrafo (1851-1855), el transporte público
de tracción animal (1862), el acueducto de Albear (1874-1893), premiado con medalla de oro
en la exposición de París en 1889; el servicio telefónico (1881), con el antecedente
de su invención en La Habana por el italiano Antonio Meucci; y el alumbrado eléctrico,
en 1890.
La construcción de viviendas y servicio aumentó y aparecieron focos de urbanización
mas al Oeste de la Calzada de Belascoaín, pasando por encima de viejas restricciones
defensivas. Cerca del pequeño castillo de La Chorrera, que protegía la desembocadura
del Almendares, principal río de la ciudad, comenzó a urbanizarse el reparto de El Carmelo
(1859) y al año siguiente El Vedado, que se continuaría en 1883 con Medina en un
conjunto que tomó finalmente el nombre genérico de El Vedado.
Esta urbanización seguía la línea de los ensanches contemporáneos de las grandes ciudades
europeas, en lo que probablemente influyó el contacto que mantenían sus promotores
con el catalán Ildefonso Cerdá, autor del Plan de Ensanche de Barcelona y pionero
del urbanismo moderno. El vedado fue un caso raro de crecimiento urbano en La Habana
en el sentido Oeste-Este, contrario a la expansión general de la ciudad desde su
núcleo original junto al puerto. Las guerras de independencia durante las tres últimas
décadas del siglo XIX y el hecho de que El Cerro mantenía su prestigio y una alta calificación
edilicia, explican que la verdadera conformación de El Vedado viniera a producirse
con el espectacular florecimiento económico detonado por la Primera Guerra Mundial, conocido por las vacas gordas. Para 1920, La Habana y Buenos Aires habían adquirido
ya una imagen urbana monumental destacada en el contexto latinoamericano, seguidas
de cerca por México y Lima.
extracto del prologo para la Guía de Arquitectura. La Habana Colonial (1519-1898). La Habana-Sevilla 1993
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