Conference
El DOCOMOMO Internacional y la gestión por la salvaguarda
del patrimonio Moderno en el Caribe Hispánico.
by Gustavo L.
Moré
Agradezco con el corazón la amabilidad que ha tenido la organización de este seminario en invitarme a participar del mismo. Aunque la verdad es que hubiera preferido formar parte del distinguidísimo auditorio que estar aquí compartiendo con ustedes algunas vivencias, he aceptado escribir estas líneas para corresponder a una deuda de afecto hacia el hermano pais de Puerto Rico, al que me unen lazos de amistad cada vez más sólidos. Entonces, además de un honor, estas líneas constituyen un deber.
Entiendo que mi presencia obedece a la experiencia que obtuvimos en Santo Domingo el pasado mes de septiembre de 1996, cuando, con la presencia del querido amigo y admirado colega Enrique Vivoni como conferencista internacional, celebramos con gran éxito el XVII Seminario Nacional del ICOMOS Dominicano. En esa ocasión, tuve la responsabilidad de fungir como presidente del seminario, después de haber tenido la fortuna de convencer a la directiva de tan prestigioso comité de conservadores dominicanos, de que era urgente generar un cuerpo de estudio en torno a la problemática de la protección del patrimonio arquitectónico del siglo XX en la República Dominicana. Tal y como ustedes podrán intuir partiendo de la realidad local, todo ese enorme e importante patrimonio está devaluándose con una rapidez alarmante, ante los ojos de muchos dolientes que apenas se atreven a alzar la voz con la intención de conformar iniciativas de arraigo social, y en consecuencia político, que apunten hacia su valoración y eventual rescate.
Personalmente, debo confesar que el tema me apasiona; desde mi participación como conferencista en el VII Seminario del ICOMOS celebrado en 1981, cuando presenté un extenso estudio razonado sobre "La Arquitectura Oficial de Ciudad Trujillo, 1930-1961", no había hecho más que ritornelli consecutivos al mismo tema en mis subsecuentes escritos y conferencias sobre historia de la arquitectura dominicana. Incluso, durante mis años junto a los amigos del Grupo Nueva Arquitectura, logré contagiarlos para que asumiéramos una cruzada de valoración de este destacadísimo patrimonio, hasta entonces inadvertido por las generaciones precedentes de colegas y de críticos. Esto explica las publicaciones de ARQUIVOX de 1983 a 1985 y el abanderamiento irrestricto del Grupo en la defensa, el estudio y la divulgación de la mejor arquitectura nacional de aquel período, entrega de gran dimensión altruísta, todavía no plenamente gratificada en la República Dominicana en la justa medida de sus resultados culturales.
No puedo más que alegrarme, entonces, de estar hoy aquí participando de este evento. Lo considero una grandiosa oportunidad, ensamblada con mucha precisión por su directiva, de ventilar democráticamente unos aspectos de la cultura local que deben ser sin duda alguna protagonizados por ustedes, este selecto grupo de interesados; no hay otra alternativa que aprovechar el tiempo al máximo.
Al adentrarnos en la problemática que hoy planteamos, es posible identificar varias líneas de acción: en primer lugar, ¿En que consiste ese recurso cultural al que llamamos "Patrimonio del Siglo XX"? ¿Cual es el inventario de los logros que nuestra cultura -utilicemos el plural en tanto que antillanos y vecinos- ha definido en el espacio y en el tiempo de este siglo que termina? ¿Como puede ser determinado? Podría ser reconocido por una gran mayoría de ciudadanos? ¿Es plausible de ser aceptado como un verdadero legado por sus condiciones artísticas, académicas, históricas, además de consistir un mero recurso económico asentado en los manoseados libros del tesoro nacional?
De darse respuesta afirmativa a estas preguntas, y ya una vez identificado y en cierta medida clasificado un grupo de obras de valor indiscutido, ¿Como proceder a su defensa? ¿Que herramientas legales existen en la estructura institucional de nuestros países que permita la incoporación de obras pertenecientes al siglo XX en los catálogos de bienes culturales protegidos? ¿Es el Instituto de Cultura Puertorriqueña, o la Junta de Planificación, en el caso de Puerto Rico, o la Oficina de Patrimonio Cultural en Dominicana el camino apropiado y eficaz para consolidar este proceso? Aprovecho para informarles que justo hace cuatro días, el Estado dominicano acaba de instituir la Comisión Presidencial de Cultura, un organismo gestor que se encargará de reestructurar toda el andamiaje legal e institucional relativo a ese desatendido sector de la vida nacional. Ante una formal invitación de la Presidencia de la República, he asumido el compromiso de dirigir el comisionado del área de Patrimonio Cultural y Monumentos Nacionales, como uno de los 12 miembros escogidos por el gobierno recién instaurado para integrar la Comisión. Tengo la esperanza, que hoy confieso entre ustedes, de que esta oportunidad permita avances significativos, dentro de lo que modestamente podamos hacer en las funciones que nos han encargado.
No vayamos muy lejos. La tierra de nuestra querida Silvia Arango, Colombia, tiene en su inventario de Monumentos Nacionales declarados por la legislación colombiana a un nutrido y destacadísimo grupo de obras significativas del siglo XX, entre las que podemos encontrar el reconocido complejo de las Torres del Parque del maestro Rogelio Salmona, obra paradigmática de la mejor arquitectura moderna colombiana. A partir de esa singular experiencia latinoamericana razono que, a diferencia de lo que ocurre en República Dominicana y en muchos otros países, donde poseer una edificación declarada monumento nacional se convierte en un estorbo para los propietarios, Colombia ha logrado una fórmula intermedia entre el reconocimiento público y la valoración estatal de un proyecto, sea este privado o de índole pública, y la libertad de acción si bien controlada de los dueños del inmueble. Propongo estudiar con detenimiento la modalidad vigente en la gestión para la nominación del patrimonio monumental del siglo XX en ese hermano país.
En República Dominicana y Puerto Rico, contamos con casos de estudio interesantes. Ya en 1985, organizamos una infructuosa iniciativa dirigida a impedir que el estado permitiera la demolición del Hotel Jaragua, obra cimera del gran maestro de la modernidad dominicana Guillermo González, construída en 1942. "Le dién dinamita", dice, con dolor aquel merengue de Juan Luis Guerra, en memoria de ese acto cultural vandálico ejecutado con cinismo e hipocresía por el gobierno de turno, en una de las pocas ocasiones cuando hasta los cantantes, los pintores, los limpiabotas, los partidos políticos y los choferes de taxis se sindicalizaron para impedir lo inevitable. Esa cicatriz, sin embargo, la llevamos orgullosos y la mostramos al mundo como espejo de lo cruel que pueden ser las estructuras de poder, cuando no se cuenta con grupos suficientemente consolidados pertenecientes a la sociedad civil. Hace algunos meses perdimos la casa Molinari. De hecho, el puertorriqueño -que ya estamos pensando en naturalizar dominicano- Jorge Rigau, el tremendo historiador y crítico colombiano Alberto Saldarriaga y un servidor hicimos probablemente las fotografías finales del que fuera uno de los dos últimos ejemplos existentes de las residencias a manzana completa del sector republicano de Gazcue, en Santo Domingo, diseñada ésta por el genial arquitecto Tomás Auñón en 1941.
Hemos, en contraste, generado un gran interés por esta arquitectura, y actualmente estamos en el proceso de negociaciones para posibilitar que para otorgar cualquier permiso que altere la integridad de los ejemplos ubicados en las zonas urbanas de lo que estamos comenzando a llamar el Gran Gazcue y Ciudad Nueva, el Ayuntamiento del Distrito Nacional se vea obligado a realizar actos de consulta a las instituciones vinculadas al tema, tales como la Oficina de Patrimonio Cultural -como organismo público- y el DOCOMOMO Dominicano, organismo no gubernamental del cual hablaré en unos instantes.
La pérdida de la mansión Georgetti -de Antonín Nechodoma, uno de esos puentes culturales que nos conectan a través de la historia- en el extremo doloroso, y el Hotel Normandie, en el otro opuesto, son dos casos de la cultura puertorriqueña actual que me vienen a la mente. Estoy seguro que hay muchos más que engrosan ambas filas.
Lo importante es crear bloques de acción ciudadana, idealmente encabezados por profesionales y expertos en el área de la arquitectura y la conservación, pero sustentados por una base social lo más amplia posible. No hay nada más efectivo que cuando un bien cultural logra ser respetado por la población común. Un grupo interesado exclusivamente en la promoción de los valores del Movimiento Moderno fué fundado en la Universidad Tecnológica de Heindhoven, Holanda, en 1990. Sus siglas denominativas responden al simpático fonema DOCOMOMO, o lo que es igual, Grupo de Trabajo Internacional para la Documentación y la Conservación de los Edificios, Sitios y Vecindarios del Movimiento Moderno. Desde su fundación, el colectivo ha logrado interesar a grupos de más de 36 países en todas partes del globo, sobre todo como era de esperarse, en aquellos territorios que poseen ejemplos destacados de ese patrimonio que llegó a diseminarse por todo el planeta desde la segunda década de este siglo. A pesar de que el enfoque principal del DOCOMOMO se ha centrado en el período comprendido entre el 1925 y el 1965 y en aquellos representantes más fieles de esa arquitectura racionalista, funcional y blanca que se transformara después de la guerra en el denominado Estilo Internacional, la estructura conceptual de trabajo de la organización está motivando a cada grupo a establecer sus propios criterios de selección y valoración, dándole cabida a las expresiones y traducciones locales y regionales encausadas por el espíritu del movimiento, más que por la propia forma. De hecho, el IV seminario internacional del DOCOMOMO, evento que se ha venido celebrando cada dos años en diversas partes de la geografía cultural de la Modernidad, fué desarrollado en Bratislava, Eslovaquia, con el tema de "Universalidad y Heterogeneidad", en septiembre del pasado año.
Extraigo, para la ilustración de los asistentes, un par de párrafos de la literatura divulgada por el DOCOMOMO a sus capítulos. El primero se refiere a los principios de acción del Comité. Cito: "La herencia arquitectónica del Movimiento Moderno corre hoy mayor riesgo de desaparecer que en ningún otro período, debido a su edad, a la innovativa tecnología con la que fuera frecuentemente realizada, al cambio en las funciones para las cuales fuera diseñada y debido al clima cultural imperante. Hace falta una organización que agrupe aquellas personas e institucionnes con un interés especial y una admiración por este cuerpo de trabajo, de forma que pueda documentar y conservar sus mejores ejemplos y promover un mejor entendimiento de las ideas que sirvieron de soporte intelectual a esta forma de construir. Esta organización, en sí misma, debe reflejar el carácter del Movimiento.
La función básica de DOCOMOMO es la de cooperar con organizaciones oficiales y voluntarias en la consolidación de los principios fundamentales de la Declaración de Eindhoven, que fuera divulgada como conclusión de la Conferencia de Fundación. La organización cuenta con cinco comités especializados en Inventario, Tecnología, Educación, Urbanismo y Arquitectura de Paisaje. Pueden ser sus miembros arquitectos, urbanistas, ingenieros, historiadores, administradores públicos, conservadores, profesores académicos y todos aquellos que aprecien las ideas de base del Movimiento Moderno."
Procedo a enunciar brevemente los seis acápites básicos de la mencionada Decalaración de Eindhoven: 1.- Llevar a la atención de las autoridades, de los profesionales, de la comunidad académica y del público preocupado por el medio ambiente construído, el significado del Movimiento Moderno. 2.- Identificar y promover el inventario de las obras del Movimiento Moderno. Este incluirá una ficha, dibujos, planos, fotografías documentos y otros datos de importancia. 3.- Patrocinar el desarrollo de tecnologías apropiadas y métodos para la conservación, y diseminar este conocimiento entre las profesiones involucradas. 4.- Oponerse a la destrucción y al desfiguramiento de los trabajos más significativos. 5.- Identificar y atraer fondos para la documentación y la conservación. 6.- Explorar y desarrollar el conocimiento del Movimiento Moderno.
Para el la constitución de un nuevo Grupo de Trabajo del DOCOMOMO (tanto nacional como regional), es necesario cumplir con los siguientes requisitos:
- El grupo de trabajo tiene que aceptar los estatutos del DOCOMOMO Internaional. - El grupo de trabajo debe suministrar un Plan de Acción, en el cual deben mostrarse sus objetivos y su organización, así como sus actividades para los próximos 2 años. - Si este grupo de trabajo desea representar una región en vez de un país (como es aceptado por el capítulo de la ONU), este grupo de trabajo debe dejar establecido sus razones, culturales o de comunicación, para no formar un grupo de trabajo nacional. - El grupo de trabajo necesita el apoyo de representantes de 4 grupos de trabajo internacionales de DOCOMOMO para su concepción. - El grupo de trabajo necesita un mínimo de 10 futuros miembros del DOCOMOMO Internacional. En casos especiales el Comité Ejecutivo puede hacer una excepción por petición. - La solicitud de membresía deberá ser suministrada al Comité Ejecutivo del DOCOMOMO, por lo menos tres meses antes de la reunión del próximo Consejo. - Si y cuando el Comité Ejecutivo apruebe la solicitud, ésta será enviada al Consejo del DOCOMOMO. El solicitante necesita la mayoría de un 51% en el Consejo.
Para la existencia de grupos de trabajo (tanto nacionales como regionales) fue acordado que cada grupo necesite al menos tener la aprobación de 10 miembros del DOCOMOMO Internacional. La excepciones a esta regla necesitan la aprobación del Comité Ejecutivo.
El capítulo dominicano del DOCOMOMO nació en junio 7 de 1996, después de un cuidadoso proceso de evaluación de las posibilidades de acción de un grupo de trabajo pequeño, realmente comprometido en levantar la institución a través de las dificultades económicas y culturales que su gestión implica. Según lo establecido por la sede central, se convocó un grupo de 10 miembros fundadores, entre los que nos encontramos arquitectos, historiadores, urbanistas y abogados.
La iniciativa tiene un origen curioso, casi casual: seis meses antes, el amigo arquitecto y crítico Roberto Segre me había escrito, desde su actual residencia en Rio de Janeiro, motivándome a ensamblar un DOCOMOMO Caribeño, junto a una serie de posibles colegas tales como Elmer López, en Cuba, Gustavo Torres, en Martinica, Patrick Delatour en Haití, Patrick Stanigar, en Jamaica y Enrique Vivoni, en Puerto Rico. Al parecer Segre había sido contactado por el DOCOMOMO Español para impulsar esa iniciativa. Después de meditar la idea, en poco tiempo entendí prematura la ocasión de reunir un grupo en verdad disperso para articular de manera eficiente y funcional ese proyecto institucional. Decidí, en vez, reconocer las posibilidades de que cada país formara sus propios capítulos de acuerdo a sus oportunidades e intereses. Así, procedí a consultar con colegas y conocidos en la República Dominicana, alcanzando tras algunos meses de deliberación preliminar, el resultado que ya conocemos.
A partir de entonces estamos entregados a la difícil tarea de juntarnos semanalmente para trazar planes, encaminar proyectos, escribir propuestas y conversar sobre las posibilidades de acción del grupo. A raíz del Seminario de ICOMOS que mencioné a inicios de este escrito, presentamos una exposición de fotografías espléndidas realizadas por los artistas Max Pou y Eddie Guzmán, que titulamos "Imágenes del tiempo: la arquitectura moderna en la República Dominicana". Espero que puedan disfrutar de estas valiosas tomas, muchas de ellas del archivo de Don Max, que representan edificios hoy lamentablemente perdidos o modificados más allá de lo rescatable, pues al parecer Jorge Rigau se está animando a traerla próximamente a Puerto Rico.
La experiencia del DOCOMOMO Dominicano hasta la fecha ha sido valiosa. Una de las primeras jornadas de discusión fue la derivada del aparente enfrentamiento entre la arquitectura blanca del racionalismo europeo con la de carácter artesanal identificada con la línea de las arts and crafts. El aferrarnos a un enfoque exclusivista de la modernidad, nos imposibilitaría defender obras del Art Deco, o de la tradición Prairie Wrightiana; un excesivo rigor nos reduciría el marco de acción a un grupo de obras probablemente demasiado pequeño. Es vital, además, para el manejo de este discurso sobre la pureza del estilo, reflexionar sobre lo que en nuestras sociedades marginales y periféricas del Caribe de principios de siglo consistió realmente la modernidad, una modernidad adaptada, reinterpretada por una vanguardia de importación, ajena a las culturas locales en su desarrollo orgánico, salvo en raras excepciones. El enfoque de este aspecto vital a los intereses del capítulo fue definido finalmente por la sede de Eindhoven; ésta en realidad, nos dejó abierta la posibilidad de adoptar nuestra propia perspectiva.
No hemos dejado de ser imitados. Ya, a menos de un año de la formación del Grupo, están surgiendo otras organizaciones de carácter civil, con intenciones y programas similares a los nuestros. Como siempre, la infeliz duplicidad de funciones típica de éstas sociedades.
Actualmente desarrollamos, a través de las cátedras de Historia de la Arquitectura Dominicana en dos de las facultades del país (UNPHU y UNIBE), un levantamiento documental de una serie de obras importantes de las décadas del 30 al 60, que incluye trabajos de sitio e investigación de archivos y colecciones personales. Este material será fundamental para la elaboración de un catálogo razonado de la arquitectura MOMO en la República Dominicana.
Un enfoque muy interesante derivado de todo este discurso es reconocer que en menos de 3 años, este grupo de obras pertenecerá al siglo pasado. Creo que esto, en vez de impedírnoslo, nos ayudará a entender mejor sus valores. En el arte, de alguna forma la longevidad tiene el poder enorme de dignificar.
En una conversación sostenida con el arquitecto dominicano Rafael Calventi, me dijo con el aplomo y la gravedad que le caracterizan, que en su opinión, dentro de un par de centurias muchas de las obras de arquitectura del presente siglo, al ser consideradas en otro contexto histórico y al ser analizadas a la luz de sus intrínsecas propiedades artísticas, tecnológicas y sociales, es decir arquitectónicas, en verdad constituirán un patrimonio muchísimo más valioso, que aportará una herencia más rica a la actual sociedad planetaria, que toda la arquitectura y los sitios del pasado colonial. No pude evitar ser sacudido por este comentario, esbozado por Calventi apenas unos segundos después de haberle planteado el tema: si apartamos los prejuicios y preconcepciones que nos llevan a dar por sacramentado y eterno todo aquello proveniente de la colonia, o en el caso de algunos países latinoamericanos, de la temprana vida republicana, constataremos que el mismo sintetiza una enorme verdad.
Este seminario además implica una toma de conciencia de parte de una nueva generación de arquitectos en ciernes. Estoy seguro que los estudiantes de arquitectura son la verdadera esperanza de futuro de lo que aqui plantearemos. Yo, en mi ocasión, tambien fui un estudiante que asistí a encuentros similares. Ellos son quienes llevarán mas lejos la antorcha del reconocimiento y el respeto hacia la obra construída por los maestros antillanos. De la próxima generación de arquitectos caribeños podremos esperar, si es que nosotros hoy somos capaces de propiciarlo, un vocabulario común de nombres y figuras, entre los que se puedan mencionar de un solo aliento a Antonín Nechodoma y a Osvaldo Báez; a Pedro de Castro y a Mario Lluberes; a Henry Klumb y a Hans Rother; a Carlos Raúl Villanueva, Ricardo Bermúdez, Aquiles Capablanca y a Guillermo González; a Carmoega y a Ruiz Castillo; a Toro, Ferrer y Torregosa, Cuéllar, Serrano, Gómez y a Silverio Bosch y Mario Romañach; a Eugenio Batista y a José Antonio Caro Alvarez; a Erwin Walter Palm, Joaquín Weiss y a Carlos Arbeláez Camacho; a Mario Pani, Manolito Baquero y Nicolás Quintana; a Roberto Aycinena, Moncito Báez y a Ricardo Alegría; a Gay Vega, Teodoro González de León y a Carlos Haussler; a Salmona, Marvel, Salinas y a Calventi; a Eugenio Pérez Montás, Efraín Pérez Chanis, Jack Berthelot y a John Newell Lewis; a Chucho Choy, Plácido Piña, Patrick Stanigar y a Luis Flores. a Sierra Cardona y Ferrer, Miguel Vila y Bruno Stagno; a todo un itinerario cultural de hombres y de obras que trasciende fronteras y almanaques, consolidando vínculos de admiración ejemplar que nos permiten una base de sustentación para proyectarnos al futuro. ¿Que haríamos si dejamos perder su legado para las futuras generaciones?
Agradezco de nuevo esta oportunidad, que espero haber sabido merecer. Les dedico por último, a ustedes, miembros de la asamblea del seminario estas palabras: apelo a su participación activa y militante para alcanzar un resultado que vaya más allá de estas fechas; un resultado que de veras sirva como estandarte para la defensa del trabajo de hombres y mujeres que desde su silencio, esperan por nosotros. En el fondo, no es más que ayudarnos a nosotros mismos y ayudar a nuestros hijos, sean éstos puertorriqueños, dominicanos, cubanos, colombianos, o sencillamente, seres humanos conscientes de su propio tiempo en la tierra.
Muchas gracias y éxitos.
Gustavo Luis Moré DOCOMOMO Dominicano
