Un capítulo que falta en la historia de la arquitectura
latinoamericana
Por
Emilio José Brea García

"Somos un agujero en medio del mar y el cielo, quinientos años después...". Así nos describe el cantor nacional Juan Luis Guerra.
"Hay un país en el mundo, en el mismo trayecto del sol..." había escrito el poeta nacional don Pedro Mir.
Así somos y ahí estamos, en el arco insular del más fabuloso archipiélago de territorios multirraciales, étnicos y culturales: El Caribe.
Islas grandes y pequeñas, más pequeñas que grandes, llenas de playas arenosas y blancas, sombreadas por palmeras que se acuestan obligadas por los vientos que se huracanan anualmente para orquestar sinfonías de silbidos ululantes provenientes del mar, que una vez navegaran los indios bravíos en sus canoas y cayucos.
Las Antillas (de "antilías" por islas fabuladas en el medioevo) se levantan unitarias como cordillera emergente en medio del mar y el océano, en las fronteras mismas de un trópico de cáncer que define climas y ambientes propiciando un marco referencial único para todo el continente.
La isla de la Española es todavía más exclusiva en sus particularidades existenciales. Dos naciones, dos pueblos distintos y diferentes, dos culturas encontradas y la gradiente de colores, tonos y matices que de ello suelen derivarse, conforman el más elocuente panorama insular de todo el sistema geográfico.
Santo Domingo ocupando dos tercios del espacio y Haití en el oeste de la isla, apretujan su vida de sobresaltos desde que hicieron la historia y reclaman, de cuando en vez, la atención hemisférica y mundial.
Claro, ha sido una casualidad producto de la ingenuidad política.
Haití se "independizó" de Francia en 1801, demasiado temprano en la alborada de la historia americana como para que se le pudiera perdonar semejante afrenta.
La República Dominicana surgió como parte de un proceso casi culminante de liberación pero no generada de la necesidad de independizarse de "madre patria" alguna, sino como epílogo de guerras libertarias que se amparaban en la autodeterminación de pueblos insuflados por los aires bolivarianos que soplaban desde territorios continentales.
Era 1844 y volvían a abrirse las páginas de la historia que se le escamotea a los pueblos sin padrinazgo imperial.
Con Santo Domingo en el mapa de las naciones, se recupera la importancia de la ciudad episódica que definió todo el umbral escenográfico de la posterior América. Y es que Santo Domingo es referencia obligada en los capítulos primeros de toda historia veraz e ineludible sobre el continente, pero los avatares fueron tantos que ve saltar su primacía y perderse el rastro hasta que los resultados del mestizaje reclaman esa otra ingenuidad independentista.
Santo Domingo se había esfumado en el tiempo.
Pero una vez ya flamante República, sus pensadores, libres futuristas con el compromiso único de dejar improntas imperecederas, empezaron a ir tejiendo las mallas que le reconducirían por los caminos amplios del discurrir histórico.
América Latina o Latinoamérica cumplía un ciclo vital de madurez social en medio del siglo XIX y llegó extenuada a las conmemoraciones con que las naciones poderosas homenajearon al mecenas que puso esta parte del mundo en el mapa geográfico del conocimiento humano.
Fue como si se deseslabonara la continuidad que hilaba su arquitectura en el inserto del denominado "Nuevo Mundo".
Cuarenta años antes de la apertura de la Gran Feria Colombina de Chicago que glorificaba la hazaña del Almirante genovés Cristóbal Colón, un dominicano, historiador y político, dedicaba extensos y elaborados párrafos a exponer su idea de erigir lo que para él debió ser un coloso, "como el Rodas" (sic) y que a su vez debía coronarse con un faro.
Era Antonio Del Monte y Tejada en su libro Historia de Santo Domingo el que fuera editado en La Habana en 1852.
El mundo occidental asistía a los albores de un retardado modernismo.
En Reus (España) nacía Antonio Gaudí i Cornet, uno de los cinco arquitectos verdaderamentegeniales que ha parido la humanidad.
Un año después instalaban en New York, el primer ascensor. El rascacielos era un proyecto experimental y se protegieron los terrenos de lo que sería el Parque Central, entre las avenidas 59 y 106 (ampliando hasta la 110 en 1859 según propuesta del concurso ganado por Frederick Law Olmsted en 1858).
En París, el Barón Haussmann iniciaba su plan de reconstrucción ("amenagément").
Para entonces se inauguraba el Museo de Ciencias de Londres, Frank Liszt estrenaba sus Rapsodias Húngaras y nacía en Holanda Vincent Van Gogh.
Pero como a los pueblos depauperados se les niegan hasta las oportunidades de ser agradecidos, cuando hubo llegado el 1892, en Santo Domingo a lo sumo se pudo establecer una Junta que se propuso la meta de obtener los fondos para dotar a Cristóbal Colón de una tumba adecuada "...y a este propósito adquirió el lote conocido (...) con el nombre de Plaza Colombina -actual Parque Eugenio María de Hostos-, en el lado poniente de la ciudad. Sin embargo, el impuesto especialmente creado con este último objeto no fue aprobado, y la Junta, careciendo de fondos , no pudo más en lo concerniente a la erección del proyectado monumento..." (Albert Kesley, Delegado Consejero de la Unión Panamericana en el Concurso Internacional del Faro a Colón- Programa y Reglamentos-, 1928).
Es más, con la excusa de exponer en la Gran Feria Colombina de Chicago algunos objetos históricos hallados en territorio dominicano, maleantes y aventureros norteamericanos pidieron prestadas piezas museográficas que jamás retornaron a su destino y que luego, cien años después, fueron devueltas como "donación" de instituciones altruistas de Chicago (Caso del Ancla de la Santa María y que ahora reposa en un lugar especialmente reservado dentro del Faro a Colón en Santo Domingo).
Humildes demostraciones proseguían desarrollándose en Santo Domingo al margen de la monumental muestra de Chicago de 1893. En 1896 inauguran el mausoleo que ahora queda permanentemente en el entronque del espacio cruciforme del Faro, alusión neogótica marmórea que estuvo desde entonces en el espacio bajo el coro de la nave central de la catedral primada, frente a la puerta principal (oeste) del templo católico.
El 24 de abril de 1923, la Quinta Conferencia Internacional Americana, sesionando en Santiago de Chile, resolvió acoger el proyecto de un Faro Conmemorativo a Colón que la legación diplomática dominicana había llevado como propuesta. Surgió así un compromiso de los "...gobiernos y pueblos de América y demás que lo deseen" para recordar a quien desde el oscurantismo medieval ibérico desafiara la geografía y el mar, buscando y encontrando su eternización en la historia.
Al año siguiente abandonaban el país los "marines" de los EE.UU. que habían invadido desde 1916 el territorio nacional en un acto más de piratería militar típico de finales del siglo pasado y principios de éste, cuando las soberanías eran (aún lo son) objeto de las más detestables burlas.
En 1928 se hizo la convocatoria formal a "..los arquitectos de todo el mundo". Respondieron al llamado 1,926, representando a 44 naciones y produciendo 456 anteproyectos con más de 2,400 dibujos. Los auspicios del concurso corrían por cuenta de la Unión Panamericana, entidad antecesora de la Organización de Estados Americanos -OEA- y con aportes de sus países miembros.
El Presidente Horacio Vásquez, de República Dominicana, inició los aportes con $300,000.00 dólares de la época para gastos del concurso y premios a los ganadores de las dos etapas previstas.
La primera fue una eliminatoria que escogió a los 20 arquitectos que obtuvieron los diez primeros lugares y las diez menciones de honor.
El jurado internacional, que había sido escogido por los propios concursantes mediante el sistema de ternas, estuvo integrado por Raymond Hood (EE.UU.), Eliel Saarinen (Finlandia) y Horacio Acosta y Lara (Uruguay). Los dos primeros venían de ganar, en 1922, los lugares primero y segundo, respectivamente, del afamado concurso para el edificio sede del periódico Chicago Tribune y que marcó quizás el despegue del rascacielo como paradigma del desarrollo.
La exposición de Artes Decorativas de París, en 1925, había acuñado un término: Art-Deco.
La arquitectura experimentaba una revolución conceptual a más de académica, teórica, formal, técnica y tecnológica. Los concursos vinieron a convertirse en una especie de termómetro. Recién había pasado el de la sede para la Sociedad de Naciones en Ginebra, Suiza, de 1927.
El debate sobre la arquitectura se hacía cada vez más elocuente y surgieron los Congresos Internacionales de Arquitectura Moderna -CIAM- (Chateau de la Sarraz, Cantón de Vaud, Suiza, del 26 al 28 de junio de 1928).
Ese mismo año se ponían a circular las Bases y Reglamentos del Concurso del Faro que se desarrolló entre 1929 y 1931. Gran crisis mundial de la economía y crisis final de la Bauhaus en Alemania.
En República Dominicana, para 1930, ascendió al poder un personaje casi de ficción que se perpetuó como el más sangriento dictador latinoamericano.
Rafael Leonidas Trujillo Molina permanece 31 años usando feudalmente el país hasta que lo ajustician en 1961. Juan Bosch, escritor, novelista y político dominicano, ex-presidente de la República (1962/1963) enjuicia su gobierno como uno de los ases del Poker de Espanto del Caribe (los otros fueron Pérez Jiménez, en Venezuela; François Duvalier, en Haití, y Fulgencio Batista, en Cuba).
Quizás no sea una simple coincidencia el hecho de que entre los años que se lleva a cabo el concurso del Faro a Colón, Erich Mendelsohn diseñe y construya en la Postdamerplatz de Berlín su Columbushaus, edificio comercial civil de atrevidas líneas para su época y que desdeña la simetría con gran éxito plástico-formal. Podría ser la contraparte europeísta de un gran realizador alemán al concurso americanista (puesto que de eso se trató).
La ausencia de nombres muy publicitados en el concurso del Faro es notoria. Aunque llama la atención la presencia de Tony Garnier por Francia y el grupo de 23 constructivistas soviéticos que, liderados por Tarasoff, Kasionoff y Melnikoff, incursionaron con gran éxito divulgativo de las nuevas corrientes formales y conceptuales de la desaparecida URSS.

Y sin embargo parece haber pasado desapercibido por la historiografía y la crítica arquitectónica de Europa y América.
Ni Zevi, ni Giedion, ni Dal Co, ni el fallecido Tafuri, ni el decepcionante Benévolo, mencionan siquiera en sus reputados textos el concurso internacional de arquitectura para el faro a Colón. Igual omisión hace Bullrich.
De manera velada y muy tímida, Ramón Gutiérrez en su Arquitectura y Urbanismo en Iberoamérica (Ed. Cátedra, Madrid, 1983) alude al concurso refiriéndose a la estadía de Frank Lloyd Wright y Eliel Saarinen en 1931 en Latinoamérica (el delegado Consejero de la Unión Panamericana tuvo asiento en Río de Janeiro para esas fechas) como miembros del jurado. Citamos: "La llegada de Frank Lloyd Wright y Eliel Saarinen en 1931 como jurado del Faro de Colón posibilitó ratificar en los estudiantes los principios de la arquitectura contemporánea". (sic). Páginas 592 y 593. Frank Lloyd Wright se incorporó como tal en la segunda etapa, por enfermedad de R. Hood (muere en 1934 a la edad de 53 años).
Eugenio Pérez Montás, arquitecto, urbanista, restaurador, historiador y crítico dominicano, reclama el concurso del Faro como el más importante de arquitectura en la historia universal.
Virgilio Vercelloni (2), en su Atlas Histórico de la Ciudad de Santo Domingo, lo parangona con el concurso para el rascacielos sede del Chicago Tribune.
Los silencios y omisiones hacen sospechar algo más que simples ignorancias. Basta con leer a Vercelloni (quien cuenta tres países y seis proyectos menos que lo escrito por el Delegado Consejero de la U.P.) y encontraremos algunas especificaciones sobre el particular. Dice que participaron 54 proyectos italianos y alude a cuando la exposición del concurso va de Madrid (28 de abril), a Roma (7 de agosto) de 1929, registrando una opinión bastante ilustrativa externada por el crítico italiano Plinio Marconi. Citamos: "Quien ha visto en Roma la gigantesca cantidad de proyectos antes de la selección de la muestra, ha quedado casi espantado al observar cómo muchas de las ideas arquitectónicas suscitadas por un tema en el fondo simple, fuera, por el contrario, absurdas, insuficientes o artificiales...el concurso es un fiel reflejo de las condiciones actuales de la arquitectura mundial, e ilumina la crisis de desarrollo en la cual aquélla se debate".
Vercelloni parece haber conseguido la informacion de la revista Architettura e Arti Decorative (1929), a la que cita al pie de los gráficos en las páginas 65, 66 y 67 el citado Atlas. Y de otro texto, esta vez berlinés titulado Pionere der Sowjetischen Architektur editado en 1983, que recoge una ilustración soviética de Krutikow, Warenzow y Bunin.
Además Vercelloni abunda sobre lo que para él importantizó el concurso y elabora juicios viendo lo que ninguno de los citados primeros autores han podido ver en sus textos fundamentales para la formación del pensamiento universitario en las décadas del sesenta al ochenta, gente que ha escrito con la aparente e irrefutable verdad en sus manos, pero que todo lo han enfocado colonialistamente, sin observar el panorama latinoamericano, mucho menos el caribeño o antillano.
Extraña imaginar que a la historia se le haya estado negando un capítulo de su proceso de desarrollo y que por demás ese capítulo tenga tanto que ver con una nación pequeña, realmente empobrecida, sin el favor de las poderosas editoriales epigónicas.
"No es sólo el hecho de que se trató de dos importantísimos concursos internacionales que vieron una participación mundial lo que impone, sesenta años después, una valoración de conjunto" -dice Vercelloni en el cuerpo de su análisis, editado en 1991-. Y continúa diciendo "El primer tema, que hace los dos concursos homogéneos, se refiere a la situación cultural e internacional de la arquitectura de aquel tiempo: antes de la consolidación del Movimiento Moderno en arquitectura existía un contexto de tipo ecléctico en el cual, junto con las expresiones casuales y variadas del historicismo, convivían también las expresiones de las vanguardias artísticas que competían en concursos internacionales de este tipo (el suceso que se coloca entre los dos concursos es el relacionado con el proyecto del Palacio de la Sociedad de Naciones en Ginebra, de 1927-1929, en el cual participó también Le Corbusier)".
"El segundo aspecto que indica una sustancial homogeneidad en los dos concursos consiste en el modelo implícito en el concurso (si bien después el proyecto ganador de Santo Domingo lo desmentiría) de la tipología edilicia de gran altura, en relación con su función directiva en Chicago, solamente simbólico en Santo Domingo".
Es por ello que nosotos agregamos que el proyecto ganador reverencia las formas tradicionales de la arquitectura expresiva americana. La pirámide truncada de aztecas e incas aparece escalonada y sobre platabanda, en la propuesta del inglés Joseph Lea Gleave, ganador del concurso. El monumento funerario y conmemorativo fue pensado también como utilitario; de allí las horadaciones y los espacios laberínticos que conducen a cámaras de exposiciones permanentes e itinerantes. Dos lecturas gráficas de su forma permitirían apreciar las singulares maneras de expresar majestuosidad con una aparente modestia: Haciendo converger las líneas centrales del angosto espacio interior por medio del forzado desplazamiento de la fuga de los laterales en la perspectiva visual y el énfasis en la ilusión del contrapicado en sus alzados, retirados en escalonamiento, para enfatizar una altura que no es tal.
La obra fue acusada de antihistórica y su controversia no terminará por ahora. Se había dado el simbólico "primer picazo" en 1948 (año en que Gleave entregó los planos definitivos), usando energía atómica "con fines pacíficos", según una publicación dominicana de la época, vocero promocional y propagandístico al servicio del gobierno dictatorial de Trujillo.
Joaquín Balaguer, regresando al solio presidencial tras ocho años de ausencia (1986), reinicia los trabajos detenidos desde entonces y ordena terminarlos como parte importante de la celebración del Quinto Centenario del Descubrimiento de América. La obra fue realizada impecablemente por un arquitecto dominicano (Teófilo Carbonell, quien le hizo sustanciales modificaciones), criticada por muchos (Rafael Calventi, por ejemplo), así como elogiada por otros (Luis Despradel, también por ejemplo).
Mientras, el monumento se erige desdeñoso contra toda apreciación de entornos y presupuestos.
Roberto Segre, arquitecto, historiador y crítico de origen italiano, nacionalizado argentino, radicado en Cuba por treinta años (1963/1993) y actualmente en Brasil, cita el concurso en por lo menos dos ocasiones dentro de sus estudios del Caribe logrados en virtud de la beca Guggenheim (New York).
En Un siglo de Arquitectura Antillana: 1880-1980, dice y citamos: "La República Dominicana atrae la atención mundial en 1929, con el concurso para el Faro a Colón, ambicioso monumento a la "americanidad", que debía construirse en Santo Domingo.
Participan 456 proyectos y el jurado -Horacio Acosta y Lara, Eliel Saarinen y Raymond Hood- premia un grupo de proyectos eclécticos de origen europeo y norteamericano, sin que ningún arquitecto de América Latina reciba una merecida distinción, como por ejemplo la interesante propuesta de Flavio Rezende Carvalho. Tampoco resulta galardonado ninguno de los 23 proyectos enviados por la vanguardia soviética, entre los cuales se destacan los diseños de Constantin Melnikoff y Nicolai Ladovsky" (sic).
En otra ocasión y al elaborar sus notas preliminares de Arquitectura del Siglo XX en América Latina, Segre opina sobre el particular y citamos: "Resulta poco conocida la realización del concurso para el Faro de Colón en Santo Domingo, en el año '30, en el cual participaron más de una decena de arquitectos soviéticos del movimiento constructivista, entre los que figuraba Konztantin Melnikov" (sic).
La primera publicación se hizo en Santo Domingo en el periódico matutino El Siglo con ocasión del Día de la Arquitectura Dominicana (3 de noviembre) en el año 1989, en edición especial de la Hoja de Arquitectura no. 28 que sostenía el Grupo Nuevarquitectura Inc. -GNA- para ese entonces.
La segunda se extracta del capítulo La herencia racionalista en el contexto caribeño editada por el GNA con ocasión de su Tercera Bienal de Arquitectura de Santo Domingo (3 al 13 de noviembre) del año 1990.
Para el intelectual puertorriqueño Edgardo Rodríguez Juliá, el Faro es "la búsqueda de una metáfora que establezca la coherencia redentora, que posibilite encontrar las huellas de los pasos que se extraviaron". (Revista Domingo del periódico El Nuevo Día, San Juan, 1ero. de nov./1992 y 7 de feb./1993).
Cuando entramos por primera vez al Faro, estaba aún en etapa de terminación. Una consultoría profesional solicitada a través de la Comisión Dominicana Permanente para la Celebración del Quinto Centenario y Evangelización de América con los auspicios de la OEA, nos permitió conocerlo mejor.
Su altura casi heróica (cinco pisos que parecen ser siete) no tiene los ascensores que originalmente dispusiera el proyecto de Gleave; una de las modificaciones hechas por Carbonell. Dos ascensores que al eliminarse impiden mucha movilidad y mayor tráfico y fluidez vertical.
Sin rampas para impedidos y con serios problemas de iluminación interior dada la compleja distribución (en realidad son cuatro edificios que se unen al centro donde la cruz hace converger sus brazos), el Faro deja absortos a los que contemplan sus haces de luces hacia el firmamento y la giroscópica luz perseguidora que rasa el perfil de la ciudad.
Otra de las licencias que se atribuyó el constructor (Carbonell) fue la de recortar 45 metros de longitud al cuerpo principal o cola del monumento. Sin embargo, la obra es imponente como igual fue impuesta en medio de protestas y controversias inconclusas.
El último monumento funerario del siglo que ya va terminando, está posado, cual esfinge, observando la puesta del sol sobre Santo Domingo y esperando la oscuridad para reclamar en los cielos (y si las nubes lo permiten), su presencia, simbolismo y significación.
Notas del Autor:
Esta colaboración se ha extractado integramente de la Revista Panamericana n.003, (Diciembre 1994), publicación que es órgano de difusión de la Federación Panamericana de Asociaciones de Arquitectos -FPAA-. En la ocasión, la Revista Panamericana dedicó todo el cuerpo editorial al tema "Arquitectura del Caribe y Centroamérica". En consecuencia, su contenido se redactó para un público especializado que probablemente tenga muy poca información sobre la República Dominicana.
El texto surgió de las aproximaciones que debimos hacer al Faro y a su historia cuando en 1988 la Dirección del Museo de Las Casas Reales encargó a la oficina Brea & Rancier, arquitectos asociados, para organizar y montar una exposición bajo el título "La Historia del Faro a Colón".
Dos años después, la misma institución, conjuntamente con la Comisión Dominicana Permanente para la Celebración del Quinto Centenario del Descubrimiento y Evangelización de América, consultó dicha oficina para realizar en el Faro (entonces en fase de terminación) un diagnóstico sobre las potencialidades de uso racionalizado de los espacios interiores del monumento y sus disponibilidades funcionales, asi como para diseñar el circuito de visitantes y sus señalizaciones, incluyendo el diseño museográfico de la exposición permanente "La Historia del Faro a Colón".
A todo el personal que laboró en esas tareas, quiero dedicar estas letras. Fueron ellos, arqtos. Omar Rancier, Ricardo Mejía, Pedro Berroa, Fernando Aznar y arqta. Rossi Pellerano.
Notas del editor:
(1) Salvo indicación contraria, todas las gráficas de este artículo han sido extraídas del volumen Programas y Reglas de la Segunda Etapa del Concurso para la Selección del Arquitecto que construirá el Faro Monumental (...), publicado por la Unión Panamericana en 1931. (2) Recientemente supimos del trágico fallecimiento del Arq. Vercelloni, acaecido en la ciudad de Milán hace pocos meses. A su memoria dedicamos éstas líneas...
