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Temperar en Macuto
Crítica de Arquitectura.
William Niño Araque. Columnista
Tomado del El Nacional on line. Caracas
A un siglo de distancia se dispone la huella que una hermosa exposición de arquitectura y tiempo se puede descubrir, allá, en el Litoral, en las salas del entrañable Museo Armando Reverón. Temperar en Macuto, magnífica y rigurosamente curada por la joven arquitecta Mónica Silva, recoge el fruto de años de investigación exhaustiva, en la que se ha sedimentado una selección de documentos que ilustran una reseña cronológica en una pulida ``exposición de cámara''. Cinco maquetas magistrales, entre las que resaltan Villa Paula (Paulo Pestana y Magaly Suárez) y la Casa Crespo (Emiliano Zapata y Marlen Rojo), culminan un itinerario entre fotografías, documentos de época y dos pinturas emblemáticas que narran la pertenencia de una historia vertiginosa que siempre, desafortunadamente, queremos olvidar. Justamente aquí se potencia la importancia del esfuerzo del Museo, pues a través de una lectura placentera, se llama la atención sobre una situación crítica a propósito de una oferta monumental en extinción.
Durante 1884 Guzmán Blanco decreta el ensanche del pueblo de Macuto marcando la zona como el área más prestigiosa, hermosa y contemporánea de la Venezuela finisecular. A partir de entonces y hasta bien entrado el siglo XX, Macuto representa la referencia primera de una élite que busca el placer y el descanso playero, y que también experimenta la más sofisticada manera de disfrutar el Caribe.
La nueva costumbre de temperar se reflejó en la construcción de residencias veraniegas, las cuales además de nuevas tecnologías señalaban en el país las primeras formas de habitar la vida moderna. De la casa urbana entre medianeras y de la casa de hacienda, se instaló en Macuto el pequeño palacio de veraneo conocido como ``la quinta'' rodeada entre jardines. Las tipologías novedosas desataron nuevos comportamientos. A la arquitectura de los Baños de Mar como uso desprejuiciado, se agregaron las arquitecturas de los baños de río y a éstos, los hoteles, quintas, parques, acueductos, boulevares y el malecón. De todas estas transformaciones insólitas seguramente el ferrocarril de Caracas La Guaira (1883) va constituir una de las proezas no sólo ingenieriles sino paisajísticas que -desde una Caracas en transformación- emprenderá la búsqueda del Caribe.
Desde Guzmán Blanco hasta los tiempos de Gómez, Macuto se transforma en el lugar ideal para el tiempo del ocio. Macuto identifica en las celosías sus ventanas ``romanilladas'' el dato culminante de un nuevo comportamiento social de influencias internacionales y el compromiso con las tendencias actuales del pensamiento. Esta metamorfosis de lo caraqueño fue tomando cuerpo hasta escaparse al control de la ciudad, que aspiraba confort y veraneo.
La imagen exótica del trópico descubre espléndidamente las costas, las especies vegetales y el placer. A ello se une una funcionalidad extrema que abre un capítulo de transición hacia la primera modernidad. Macuto se impregna de una internacionalización polarizada entre la influencia afrancesada y la americana. Se importan técnicas constructivas ofrecidas por la industria norteamericana y sucesivamente, de la tapia y los muros portantes, se evolucionan hacia construcciones perfectas y livianas, sostenidas en estructuras metálicas. El carácter proyectual de toda esta empresa civilizatoria aparecía sustanciada de una visión academicista de la composición espacial, que tiene su origen en la revolución del pensamiento estético iniciada por los tratados de Durand, quien pareciera continuar la empresa renovadora planteada por Palladio desde el momento del manierismo. Así Macuto ofrece un laboratorio de formas.
De esta égida de construcción seis casas se hacen presentes. La fortuna de su permanencia, representan el mayor estímulo del patrimonio decimonónico a rescatar. Las casas Crespo, Lacome e Ibarra, construidas con paredes gruesas, techos de tejas y materiales convencionales representan el primer grupo. Sin embargo, la geometría de sus plantas, sus cubiertas, marquesinas y ese envolvente maravilloso que enmarcaba el corredor perimetral balaustrado, inicia la imagen del Bungalow como un reencuentro con la conciencia de lo tropical. La Casa, es una experiencia inédita; se resuelve en un volumen único y compacto, descansa sobre una plataforma, está abierta en sus vistas hacia el paisaje. Las casas Crespo II, Villa Paula y Santana, representan el segundo grupo; de estructuras de madera, importadas de los Estados Unidos, y frisadas de mampostería, aparecen en su despojamiento estético libres de toda ornamentación, ofreciendo la clave de la fragilísima liviandad en los efectos de la luz y su informalidad.
Con el terremoto de 1900 (como lo afirma Mónica Silva), en Macuto algunas casas se pierden. Un año después, el Cojo Ilustrado ofrece una vista de la Casa a Prueba de Temblores que bajo la dirección del doctor Alberto Smith se construyen en la avenida principal de El Paraíso. El terremoto precipitó la incorporación de nuevos materiales como los usados en Villa Paula. Este aspecto señala el retorno de una experiencia que desde Macuto signó parte del crecimiento de Caracas.
Temperar en Macuto deja a juicio del lector valorar hasta qué punto la manipulación del tiempo, las cosas y las personas ha permitido tanto descontrol impune, ha permitido describir con libertad situaciones y reflexiones comprensivas de algunas actitudes actuales que podrían ser reformuladas para el nuevo siglo. Atiza la curiosidad por lo que tenemos y despierta conciencia no solamente figurativa (o nostálgica) sino también intelectual.
Por: William Niño Araque

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