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Memorias en Retiro
Crítica de Arquitectura.
Federico Vegas. Columnista.
Tomado del El Nacional on line. Caracas
El borracho viene caminando y le pregunta a un policía ``Sería
tan amable de contarme los chichones?''. El policía le revisa
la cabeza y va contando: ``Tienes uno grande en la frente y dos
del lado izquierdo.'' El borracho explica antes de continuar caminando:
``Gracias, sólo me faltan dos postes para llegar a la casa''.
En este viejo chiste el escenario es típicamente urbano: requiere de acera, cuadras con postes en las esquinas, amable policía de punto y hombres que caminan en la noche.
En una segunda versión actualizada, el borracho llega al condominio, se para frente al intercomunicador y pulsa un botón al azar. Se escucha una voz femenina: ``Quien?''. El borracho susurra: ``Mira... Tu marido está ahí?'' La mujer contesta entre curiosa e indignada: ``Si... Claro que está... Quién lo solicita?'' El borracho se excusa: ``Nada, nada, tranquila mi Doña''. Así va el borracho probando su suerte hasta llegar a una mujer que por fin le dice: ``No, mi marido no se encuentra, pero está por llegar.'' Entonces el borracho contesta, casi implorando: ``Tú podrías bajar a ver si soy yo''.
Mi generación comprende bien este segundo escenario. Largos ratos hemos perdido absortos frente a un intercomunicador o perplejos en un estacionamiento. Para prevenir estos olvidos y desubicaciones los griegos elaboraron diversas teorías. Cicerón comenta que el pionero fue Simonides de Ceos, quien por primera vez planteó un arte de la memoria. Simonides, elegía una sucesión de lugares, luego hacía imágenes mentales de las cosas que deseaba recordar e iba colocando cada imagen en cada uno de los sitios. La mejor manera de recorrer ordenadamente estos espacios mentales era elegir como sustento del paseo una arquitectura espaciosa y variada. La casa romana se prestaba bien a estas secuencias evocadoras: Quintiliano describe cómo la primera idea debía ser colocada en las ``fauces'' (zaguán), la segunda en el ``atrium'' (patio), las siguientes alrededor del ``impluvium'' (estanque en el patio), y así sucesivamente por espacios diferentes pero lógicamente integrados. El recorrido podía también ser urbano, lo importante era que los sitios formaran un coro sin vacíos ni dudas. En cuanto a las imágenes, éstas debían ser, según Cicerón, ``activas, bien definidas, y con el poder de encontrar y penetrar rápidamente en la psiquis''.
Este sistema nemotécnico mal puede aplicarse en una ciudad que se olvida a sí misma. Los tratadistas advertían que primero debemos asegurarnos de que no habrá dificultad en la travesía: ya que la primera memoria (la arquitectónica) debe estar firmemente arraigada para poder sustentar a la otra (la de los recuerdos). Caracas ofrecía esa posibilidad hace apenas unas décadas -la casa caraqueña era muy similar a la casa romana-, pero en dos generaciones ha ocurrido que donde sueñan con vivir los nietos es radicalmente distinto a donde vivían los abuelos; la idea de patio se transformó en jardín, la de plaza en área verde, la de casa en quinta, la de barrio en urbanización.
Mi padre, protagonista de esos dos mundos, me ha explicado las diferencias El patio y la plaza congregan, el jardín y el parque disgregan. Con el patio la familia compartía una misma visión, una misma alma; el niño en sus recorridos por columnatas y corredores, espacios abiertos y cubiertos, íntimos y comunes, se estrenaba en un escenario similar a la ciudad que trataría de conquistar.
La quinta que conocí de niño no tenía patio. En parcelas de 500 metros la legislación impone retiros laterales que imposibilitan esta invención milenaria. De los retiros laterales mis recuerdos son de grama seca, cargadas de perro, velocípedos oxidados, cauchos lisos, frisos carrasposos, un boxer baboso, y, en el mejor de los casos, ropa tendida. Mi primera psiquis carecía de epicentro, de ordenador. Estas anti-memorias son comunes: a partir de los 50 los mejores terrenos del valle, lo mejor servido y urbanizado, se cultivó al son de ``Yo tengo ya la casita que tanto te prometí''. Se generaron sembradíos de maliciosa vocación urbana con una semilla llamada: ``Vivienda unifamiliar aislada''. Es difícil imaginar una especie de vocación más incompatible con los recorridos integrados, variados, corales, sin vacíos ni discontinuidades, que proponían los tratadistas romanos para el arte de la memoria.
Estos aislamientos dieron frutos, espasmos e hinchazones. Para describir el tope de la pirámide revisemos un lujoso conjunto en Sebucán, al borde del Avila; se trata de cinco torres donde viven unas cien familias. Esta agrupación de nietos equivale a unas cuatro cuadras de la ciudad donde antes vivían los abuelos de quienes heredaron, o a un pequeño pueblo con reina de carnaval, cura los domingos, equipo de bolas criollas, fantasmas, bar, bodega y una sola puta. Tanto la opción del poblado como las cuadras de ciudad tienen una urdimbre de contactos e instituciones más arraigada y múltiple que las torres de Sebucán, donde la única oferta posible al espíritu colectivo es una exitosa junta de condominio. Esta es precisamente la intención de los nietos: aislarse, limitar el roce, el encuentro, el intercambio.
Hoy en día la vivienda unifamiliar aislada -especie que debería ser erradicada y perseguida en los valles servidos- continúa siendo protegida por la ley. Si un padre, cuya familia ya creció, quiere compartir la casa con sus hijos, o alquilar una parte y pretende remodelar la casa de 300 metros para sacar 3 unidades de 150, encontrará que la ley, o síndrome de la unifamiliaridad, lo persigue. Nada de crecer hacia los inútiles retiros laterales; deberá esperar a que la presión y los especuladores tarde o temprano inventen una nueva zonificación de edificios, igual de aislados, que acaben con la escala, las tipologías y los nexos del vecindario. El crecimiento y la transformación gradual de lo suburbano en urbano está prohibido por la misma legislación que debería promoverlo.
Lo más insólito de la trampa que estamos construyendo es que nuestra memoria es latina, pariente de la de Cicerón -si nos aplican despectivamente el término ``latino'' tenemos derecho a asumir también las glorias-. Umberto Eco explica en su artículo: La línea y el laberinto: estructuras del pensamiento latino, que nuestra cultura, al ver dos hechos no puede hablar de éstos, si antes no ha encontrado algo que los una. ``El vínculo no se encuentra después de los hechos, sino que confiere significado a éstos''. Por qué entonces hacemos una arquitectura y una ciudad que aísla y desvincula, que traiciona nuestra memoria genética, cultural y hasta familiar; una arquitectura que imposibilita la memoria de los recorridos y de los recuerdos.
Puede que ya estemos como el hombre que va al médico y le cuenta: ``Doctor tengo un problema terrible, todo se me olvida''. El doctor le pregunta: ``Cuando le comenzó este problema?'' Y el paciente contesta con esa pregunta que viene justo después del ``no sé'': ``Cuál problema doctor?''.
Crítica de Arquitectura.
Federico Vegas. Columnista.
Tomado del El Nacional on line. Caracas

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